miércoles, diciembre 10, 2014

¿Con quién cenamos esta Navidad?

 Hola a todos.

Quiero volver a compartir con ustedes este artículo que escribí hace dos años, en enero del 2013, dentro del apartado Incoherencias en Cambio de Realidad y de la mano de nuestra amiga Alicia.

Espero que lo disfrutes.
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Hola. 

Soy Alicia otra vez.  Ayer me vino a la cabeza la conversación que mantuvimos mi amiga María y yo y lo que me contó es la causa de este conflicto que aún no he resuelto, aunque mi padre me dio una respuesta alentadora cuando se lo conté a él.

Desde hace 3 años, María y su familia se van de viaje en las fiestas de Navidad. Se van el día 23 de diciembre y vuelven siempre el día 1 ó 2 de enero. Suelen viajar a sitios calurosos, en donde se alojan en hoteles de los cuales no tienen ni que salir porque lo tienen todo ahí, todo tipo de diversiones, todo incluido. Yo siempre deseé estar en la piel de María porque me habría gustado disfrutar, al igual que ella, de las piscinas y del mar durante una semana larga, mientras que yo me quedo aquí, pasando frío.

A decir verdad, también me gusta mi ciudad en Navidad, todas esas luces y alfombras rojas, tiendas bonitas y cajas de bombones envueltas en celofán de purpurina. ¡Todo eso me alegra mucho!

Pero el caso es que la causa por la que María se iba de vacaciones en Navidades resultó estar lejos de la búsqueda del placer, que era lo que yo creía que buscaban cuando los veía marcharse al aeropuerto cargados de maletas. 

Los padres de María siempre habían discutido mucho por no ponerse de acuerdo de con quién tenían que cenar en Navidad y en Nochevieja, discusiones tan fuertes como todas que tienen que ver con la familia de uno, hasta el punto de haberse pasado semanas sin hablarse entre ellos dos.

El problema venía dado porque la madre de María le tiraba en cara a su marido, el padre de María, que siempre tenían que cenar en Nochebuena con la familia de él, a la cual ella no soportaba. El caso es que el padre de María tampoco soportaba a su propia familia pero se sentía obligado moralmente a ir, más que nada para que a sus padres, los abuelos de María, no les diera un disgusto y menos, en esas fechas tan señaladas.

 Lo mismo ocurría al revés, ya que el padre de María no aguantaba a su cuñada, la hermana de su mujer y cuanto menos, a su arrogante marido, con quienes, irónicamente, tenían que celebrar el fin de año, desearse salud y felicidad para el año siguiente con el cava en la mano alzada. 
En esos momentos, lo que realmente deseaba profundamente el padre de María era que todo fuera rápido para irse a casa lo antes posible. 

María me confesó que por culpa de ese deseo desenfrenado, en una ocasión a su padre casi lo tienen que llevar al hospital al atragantarse con las uvas, dadas las prisas que llevaba, como si el hecho de engullirlas más rápidamente fuera a acelerar las campanadas. Afortunadamente, al final pudo escupirlas, ayudado por los golpes en la espalda de su cuñado, quien fue levantador de pesas cuando eso estaba de moda, allá por los años 80.

En fin, que ellos se lo pasaban bien en esas vacaciones, pero siempre se marchaban con ese sabor amargo de “estar haciendo las cosas mal”.

Yo lo sentí mucho por María, aunque también pensé que, ya que deciden irse, ¿por qué no disfrutar a tope?

El conflicto me vino cuando me di cuenta de que siempre se ha hablado y se ha escrito tanto sobre la familia, sobre su importancia en la sociedad, sobre el amor que debes a los tuyos y justamente la Navidad, en la que, hasta en los anuncios de turrones te animan a que te reúnas con tu familia, resulta ser la causa de tantas tristes discusiones, desalientos y estrés, que suele durar un año, en algunos casos más graves, más y más.

Ayer me acordé de esto y mientras cenábamos, se lo conté a mi padre. Esto fue lo que me respondió.

—No pasa nada, cariño. Luego todos se intercambian regalos-bonos-sorpresa de unas sesiones en un Spa y se olvida todo. ¡Hasta el año que viene!

—Gracias papá 


Alicia, 22 de enero del 2013

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Gracias y disfrutemos.

Ruth M.

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